Relato de sexo de mi sobrina política

Fan del anime como una gran mayoría de personas hoy, así era mi sobrina Natalia, quien incluso nos “obligó” a toda la familia a que la llamáramos Natsuki Asuka.

No tengo ni la menor idea de si ese nombre era de algún personaje de alguna serie anime porque yo era de otra época. Yo me había criado con películas como Akira, Ninja Scroll y… Urotsukidoji.

No pretendo sonar japonés, dejé de ver anime hace años, pero te lo cuento para ponerte en contexto. Mi sobrina se caracterizaba como un personaje de anime y hasta se comportaba como tal, con esa estética y personalidad kawaii (adorable).

Y este relato erótico con mi sobrina te va a sorprender, porque llegó a un punto en el que ya no hubo vuelta atrás. Se podría decir que tuve sexo con una chica anime.

Eso sí, recalco que ella es mi sobrina política, no es pariente de sangre, y que por supuesto ya era mayor de edad.

Mi sobrina, la chica anime

Volví a casa después de cinco años trabajando en el extranjero como guardia en un club nocturno alemán y, nada más abrir la puerta, el mundo se me vino encima.

La casa olía igual: a café recién hecho y a ese perfume floral que mi hermana siempre usaba y que tornaba aquellos meses de verano cálido en un jardín tropical.

Pero en medio del salón, de espaldas a mí, estaba ella, Natsuki Asuka, mi sobrina. La que fue una chiquilla risueña que correteaba con coletas por el jardín, ahora se había hecho mayor y se había convertido en una mujer hermosa.

Natsuki se giró al oír la puerta. Su cabello largo ondulado rosa pastel con mechas azul claro le caía en ondas perfectas sobre los hombros. Un pequeño moño con una flor azul decoraba su linda cabeza. Sus ojos enormes, de un azul brillante casi irreal, se abrieron con sorpresa al verme y luego se achinaron en una sonrisa tímida.

Era como un sensual personaje de anime hecho en carne y hueso. Natsuki llevaba exactamente el mismo conjunto de la foto que tengo grabada en la cabeza: un bikini color iridiscente entre plateado-azul que apenas contenía sus pechos enormes y pesados, y encima una bata transparente blanca con brillos y mangas abombadas que flotaban alrededor de su cuerpecito como si fuera niebla. La tela se pegaba a sus curvas, dejando ver la cintura diminuta y las caderas anchas que contrastaban brutalmente con su altura: 148 cm de pura tentación fantástica japonesa.

—Tito-chan… ¿eres tú? —su voz era suave, cute, muy aguda, y salía de unos labios finos como si hubiera hablado una chica anime pequeña pero de grandes tetas.

Me quedé congelado. Mi polla dio un latigazo dentro del pantalón antes siquiera de que pudiera procesar lo que sentía. Era mi sobrina, la hija adoptiva de mi hermana mayor. Tenía 20 años recién cumplidos, sí, pero… joder, era mi sobrina.

—Natsuki… —logré decir, con la voz ronca—. Has… crecido. Bueno, más o menos.

Ella rio, se me acercó con toda la confianza del mundo, se puso de puntillas (seguía siendo minúscula) y me abrazó. Sus tetas enormes se aplastaron contra mi abdomen. Olía a vainilla y a algo dulce que me mareó. Sentí cómo mi erección rozaba su barriguita plana a través de la tela y me aparté rápido, avergonzado.

Aquella noche no dormí. Cada vez que cerraba los ojos la veía: su dedo índice sobre los labios finos, esa pose inocente y provocadora de la foto, la bata transparente dejando ver el brillo del bikini… Me masturbé durante tres días pensando en ella, odiándome por ello después. “¡Es tu sobrina! ¿Qué mierda te pasa?” me sermoneé a mí mismo.

Y los días siguientes fueron una tortura lenta y deliciosa.

Por las mañanas yo bajaba a desayunar y ella ya estaba allí, con la misma bata transparente abierta, preparando café. Se ponía de puntillas para alcanzar las tazas y la tela se subía, dejando ver el borde de los labios de su vagina apenas cubierta por el bikini. Yo me sentaba y fingía leer el periódico mientras mi pene palpitaba bajo la mesa.

Una tarde, “accidentalmente” chocamos en el pasillo. Ella venía del baño envuelta solo en la bata transparente. Tropezó y cayó contra mí. Mis manos grandes agarraron su cintura diminuta por instinto. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho. Sentí los pezones duros a través de su bikini.

—Perdón, tito-chan… —susurró, sin apartarse. Se mordió el labio y, sin querer (o queriendo), se puso el dedo índice sobre la boca exactamente como en la foto. Esa mirada inocente pero seductora me derritió.

—Tranquila, pequeña —respondí, pero mi voz sonó como un gruñido.

Me encantaba que me llamara “tito-chan”. Sonaba muy japonés y no sé por qué me ponía cachondo. Ella siempre me llamaba así, me dijo que “chan” significaba que me tenía mucho cariño, que era algo propio entre familiares japoneses. Y lo de “tito” era también por el cariño que me tenía, pero eso siempre lo supe, yo soy su tío, su “tiito”.

El caso es que por las noches mi tortura se volvía peor. Mi sobrina y yo empezábamos a hablar hasta tarde en el sofá. Ella se acurrucaba a mi lado, tan pequeña que cabía perfectamente bajo mi brazo. Hablábamos de todo: de mi trabajo, de sus estudios de arte, de lo sola que se sentía desde que su madre viajaba tanto. A veces apoyaba la cabeza en mi pecho y yo sentía su respiración cálida sobre mi piel. Y mi vista viajaba planeando sobre sus enormes tetas desde una perspectiva cenital perfecta.

Una noche se quedó dormida así. Mi mano bajó sin permiso hasta su cadera y se quedó allí, sintiendo el calor de su piel a través de la tela transparente. Me odié. Me corrí en el baño después, imaginando que era dentro de ella.

La culpa me estaba matando. Cada mañana me juraba que pararía. Pero cada noche volvía a caer.

Hasta que llegó la noche del viernes…

Noche de sexo con mi sobrina

Mi hermana se había ido un fin de semana fuera. Solo quedábamos mi sobrina y yo en la casa enorme.

Era medianoche y yo estaba en el salón. Entonces Natsuki bajó por las escaleras a donde estaba yo, con su misma bata transparente y el bikini iridiscente. Llevaba el cabello rosa de mechas azules suelto, el moño deshecho, y traía dos copas de vino.

—Tito-chan… no puedo dormir —dijo con esa voz suave y cute—. ¿Me acompañas un rato?

Nos sentamos en el sofá. El vino subió rápido; más, cuando yo no acostumbraba a beber. Ella se acercó aún más. Su pierna desnuda rozaba la mía. El contraste era brutal: yo, 1,80 m y fuerte, y ella, 148 cm de curvas perfectas.

—Sabes… desde que volviste no dejo de pensar en ti —confesó de repente, mirándome con esos ojos azul brillante que no heredó de mi hermana—. Pero no pienso en ti como tío, sino como… hombre.

Mi corazón se detuvo.

—Natsuki… eres mi sobrina.
—Lo sé —susurró sin bajar la mirada. Y se acercó más. Su dedo índice subió lentamente hasta sus finos labios, exactamente como en la foto de mi mente—. Pero… ¿y si no quiero ser solo tu sobrina?

No pude más. El subidón del vino era nuestra excusa perfecta para dejarnos llevar.

La agarré de la nuca y la besé. Fue un beso desesperado, lleno de años de culpa y deseo reprimido. Ella gimió contra mi boca, suave y agudo, como las japonesas saben hacer tan bien en el hentai. Y mi sobrina me devolvió el beso con un hambre que yo no esperaba. Sus manitas diminutas se metieron bajo mi camiseta, acariciando mi abdomen.

—Oh, tito-chan… te deseo tanto… —jadeó.

La levanté en brazos como si no pesara nada (porque realmente no pesaba nada) y la llevé a mi habitación. La dejé sobre la cama románticamente. Su bata transparente se abrió sola. Sus pechos enormes se desbordaron del bikini de brillantitos, pesados, redondos, con pezones rosados duros como piedras. Mi mirada se desbocó, mi boca comenzaba a salivar.

Me desnudé rápido. Mi pene saltó libre, grueso, venoso, mucho más grande que el cuerpecito entero de mi sobrina. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y pareció lamerse los labios.

—Qué grande… —susurró con voz temblorosa pero excitada. La noté sonreír.

Me arrodillé entre sus piernas. Le quité el bikini despacio pero con mi corazón a mil. Su vagina era pequeña, perfecta, completamente depilada, ya brillando de humedad. Olía a vainilla y a excitación dulce. Separé con mis dedos sus labios mayores que protegían el clítoris y lamí despacio, de abajo arriba. Natsuki arqueó la espalda y soltó un gemido agudo y cute que me volvió loco.

—¡Tito! ¡Ahhh…! —mi sobrina sintió el placer que tanto deseaba.

Chupé su clítoris hinchado mientras metía un dedo dentro de su vagina pequeña. Estaba absurdamente apretada. Sus paredes internas me estrujaban como si nunca hubiera tenido nada dentro. Siguió gimiendo, llamándome “tito” entre jadeos. Le metí un segundo dedo y empezó a temblar.

—Voy… voy a correrme, tío… ¡por favor!

Squirteó. Un chorro caliente y transparente salió de su coñito pequeño y me empapó la mano y la barbilla. Su cuerpecito de 148 cm se convulsionó entero, las tetas rebotaban desbocadas como globos de agua, salvajes.

Me la follé como en una peli de anime hentai

No esperé más.

Me coloqué encima. El contraste era obsceno: mi cuerpo grande sobre su figura diminuta y voluptuosa. Apoyé la cabeza de mi polla en la entrada de la vagina de mi sobrina de 20 años. Estaba empapada.

—Despacio, tito… eres muy grande —suplicó con voz temblorosa, pero sus ojos brillaban de deseo.

Por supuesto que respeté la petición de mis sobrinita. Empujé lentamente, centímetro a centímetro. Su coño se abrió como nunca, estirándose al límite. Ella gritó, mezcla de dolor y placer, con lágrimas de éxtasis comenzando a rodar por sus mejillas.

—¡Tito! ¡Me estás abriendo entera! ¡Ahhh… sigue!

Cuando estuve completamente dentro, sentí sus paredes palpitar alrededor de mi pene. Empecé a follar a mi sobrina despacio, profundo. Cada embestida hacía que sus tetas enormes rebotaran hipnóticamente. La bata transparente se enredaba en sus brazos. La agarré de las caderas y aceleré.

—Joder, Natsuki… tu coño es tan pequeño y tan apretado… me estás exprimiendo la polla y eso me encanta.
—¡Fóllame, tío! ¡Más fuerte si quieres! ¡Soy tuya!

Me sentía como si estuviera dentro de una película hentai, follando con una chica anime. Sus gemidos eran tan agudos y excitantes que no quería terminara tan pronto de tener sexo con mi sobrina política.

Así que decidí cambiar de posición para disfrutar de la chica anime todo lo que pudiera. La puse a cuatro patas y vi su culito perfecto y redondo. Ella colaboró y levantó más su culo, invitándome a cabalgarla.

—¿Quieres mi culo, tito-chan? Es tuyo —aquellas palabras con su dulce voz me mataron de placer.

La penetré desde atrás, primero suavemente y luego fui acelerando. Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, y entonces la embestí más agresivo. Agarré su cabello rosa pastel como riendas. Y para mi sorpresa mi sobrina volvió a squirtear, con un gemido largo y profundo. Paré para que se corriera al gusto. Empapó las sábanas de mi cama.

La giré de nuevo y la puse en misionero, queriendo verle esa carita perfecta de ojos azul brillante mientras se corría; su cuerpecito diminuto de 148 cm quedó aplastado bajo el mío con sus tetas enormes y pesadas, que brillaban de sudor, enteras a mi disposición.

Agarré fuerte las tetas de la chica hentai y hundí mis dedos en esa piel lisa de carne jugosa, pellizqué y mordí sus pezones rosados hinchados mientras los lamía saboreando su dulzura, y empecé a follarme a mi sobrina con embestidas profundas y brutales que hacían rebotar sus tetas salvajemente al ritmo del plap-plap-plap húmedo de su apretada vagina, que se estiraba alrededor de mi grueso pene.

Yo no paraba porque ella seguía gimiendo de placer y eso era señal de que a mi sobrina le gustaba tener sexo conmigo más que cualquier cosa.

—¡Tío, por favor! ¡Mírame a los ojos mientras me haces el amor! Quiero que veas cómo tu sobrinita se derrite por ti… —me espetó entre gemidos. Yo me plegué a sus deseos.
—Quiero correrme dentro de ti, pequeña… ¿me dejas?

[…]

♥♥♥    FIN    ♥♥♥

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La vida es solo una y las experiencias no llaman a tu puerta, debes lanzarte tú a vivirlas. Si quieres hacer realidad esta fantasía y tener sexo con esta hermosa chica anime, no tendrás que viajar muy lejos. ¡Puedes invitar a Natsuki a tu casa!

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